miércoles, 11 de diciembre de 2019

Historia del Cuento que nunca se acaba. - Resumen


-------------------  ---------------------  ----------------------


Historia del Cuento que nunca se acaba.

Reinaba en un lejano país un poderoso monarca, muy aficionado, como muchos otros reyes, a oír extrañas historias. A tal diversión dedicaba la mayor parte de su tiempo, y a pesar ello nunca quedaba satisfecho. Los esfuerzos de sus palaciegos eran Inútiles, pues cuantas más largas y peregrinas historias le contaban, muchas más quería oír el rey. 
Un día hizo publicar un bando por cual ponía en conocimiento de sus súbditos que haría príncipe heredero su corona y daría a su hija por esposa a aquel que le contase un cuento que no se acabara nunca; pero advirtió que haría cortar la cabeza al que fracasara en tal empresa.
Ante la promesa de un trono y una bella princesa por esposa, acudieron de todas partes numerosos pretendientes que contaban las más abrumadoras y largas historias. Unas duraban una semana, otras un mes, seis meses las que más, y los pobres narradores alargaban el hilo de sus narraciones lo más que podían, pero en vano: tarde o temprano todos terminaban, y las cabezas de los pretendientes caían al fin bajo el hacha del verdugo.
Por último, llegó un día un hombre que dijo saber una historia que no se acababa nunca y manifestó que deseaba ser llevado a la presencia del rey para demostrarlo.
Le advirtieron los cortesanos el peligro que corría, y le refirieron cómo muchos otros habían Intentado lo mismo y perdido sus cabezas; mas como él dijese que no tenía miedo, fue llevado ante el monarca.
Era nuestro hombre de juicioso y comedido hablar, y después de haber reglamentado las horas para contar el cuento y las que dedicaría a sus comidas y descanso, comenzó así su narración:
—Señor, había una vez un rey que era gran tirano y muy avaro, y deseando acrecentar sus riquezas hizo recoger todo el grano de su reino y  lo almacenó en un inmenso granero alto como una montaña y de amplísimas dimensiones, que había construido para este fin.
Durante varios años, todas las mieses del país fueron a parar a este granero, hasta que, finalmente, el enorme depósito se llenó enteramente y sus puertas y ventanas fueron cuidadosamente tapiadas por todos lados. Para todo el mundo el granero aparentaba estar herméticamente cerrado.
Sin embargo, por un descuido de los albañiles, había quedado un agujerito en el techo del granero, y no bien lo advirtieron las langostas, acudieron en nubes para robar el grano. Pero el orificio era tan pequeño que los insectos sólo podían entrar y salir de uno en uno.
Así entró una langosta y salió con un grano; después entró otra langosta y salió con otro grano; después entró otra langosta y salió con otro grano; después entró otra langosta y salió con otro grano; después entró otra  langosta y salió con otro grano; después entró otra langosta y salió con otro grano; después entró otra langosta y salió con otro grano... Así prosiguió durante un mes mañana y tarde hasta la noche, excepto las horas de sus comidas y de su sueño. El rey, aunque dotado de gran paciencia, empezó a cansarse de tanta langosta, de modo que interrumpió al narrador:
—Perfectamente, ya tenemos bastantes langostas. Supongamos que acabaron por llevarse cuanto grano apetecieron. ¿Qué fue lo que sucedió después?
—Majestad, perdonad; pero es imposible que os diga lo que sucedió después antes de referiros lo que ocurrió primero le respondió intencionadamente el narrador, que no estaba dispuesto a cambiar sus planes.
Con admirable paciencia lo escuchó el rey durante otros seis meses más, hasta que un día le atajó diciéndole:
—Amigo mío, ya estoy hasta la corona de vuestras langostas. ¿Cuánto tiempo calculáis que tardaron esos dichosos animalejos, que Dios confunda, en acabar su tarea?
—Majestad! ¿Cómo decíroslo? Al punto que hemos llegado de nuestro cuento las langostas habían vaciado tan sólo un espacio grande como el hueco de mi mano, y fuera del grano se agitaban todavía negras nubes de ellas; pero tenga paciencia Vuestra Majestad, que ya llegaremos necesariamente a la última de las langostas de nuestra historia.
Animado el rey con tales palabras, le siguió escuchando durante otro año; pero el hombre proseguía como antes, grano a grano y langosta por langosta.
El pobre rey no pudo más y medio loco exclamó:
—Basta! Tomad mi hija, mi reino, mi corona, tomad todo lo que queráis; pero no me habléis más de langostas por lo que más queráis en este mundo.
Se casó, pues, el narrador con la hija del rey, y solemnemente fue declarado heredero del trono; pero nadie expresó el menor deseo de oír la continuación de su famosa historia, pues el advenedizo príncipe sostenía que era imposible pasar a la segunda parte sin haber terminado antes la primera, que era precisamente la parte de las langostas.
Así, el ingenioso ardid de este hombre discreto acabó con la insensata extravagancia del rey. (Juventud, 1976)

Bibliografía
Juventud, E. N. (1976). El Cuento que Nunca se acaba. En S. d. Impresora y Editora Mexicana, Juventud, El Nuevo Tesoro de la, Tomo V (págs. 319- 320). San Mateo Tecoloapan, Estado de México, México: Cumbre.






--------------------------------------------------- -------------------- ------------------------


Bibliografia:


www.wikipedia.org
Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2003.
Nueva Enciclopedia Tematica Grolier 2012
https://www.ecured.cu 


--------------------------  -----------------------


No hay comentarios:

Publicar un comentario